Saturday, February 19, 2011

“El Discurso del Rey”

Este es un perfecto ejemplo de filme oscarizable. Actuaciones conmovedoras, momentos de excesiva solemnidad, una puesta en escena exquisita hasta en el más mínimo detalle, un elenco fogueado hasta la médula en filmes de época y con varios premios a cuestas, y para rematar una historia a lo película de Hallmark Channel, es decir, basada en hechos reales. Debo decir que cuando vi el filme hubo escenas con las que me emocioné, lo que suele suceder ante aquellas historias que hablan de la superación, en este caso de la tartamudez del futuro rey Jorge VI en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Las mejores escenas de “El Discurso del Rey” son aquellas en que el futuro monarca es tratado por un experto en dicción. Sin duda que la química entre Colin Firth y Geoffrey Rush se siente en sus intervenciones. La relación entre ambos es auténtica, visceral y muy llamativa por tratarse de la interacción entre un noble y un plebeyo, situación que aún en los tiempos de hoy es un tema que atrae fuertemente a las audiencias (“La Reina”, “Elizabeth”). Sin embargo, al estar frente a estos verdaderos duelos interpretativos sentía que esta relación paciente – médico la había visto en otros contextos y con otras caras. Los fantasmas de Robin Williams y Matt Damon en “Busco mi Destino” y de Judd Hirsch y Timothy Hutton en “Gente como Uno” se me venían a la mente mientras veía a Firth y Rush, lo que me hizo pensar en lo increíblemente sugestivas y convencedoras que son las historias de este tipo.

Como espectadores nos sentimos conectados con personas que deben vencer sus temores y traumas, sobre todo si se trata de algún impedimento de carácter físico. Con “El Discurso del Rey” no podemos quedar ajenos a las dificultades de quien vive bajo la sombra de un severo padre, además de la incertidumbre de un pueblo ante la amenaza de las huestes de Hitler en Alemania. Sin embargo, y por muy interesante que sea ver algunos de los episodios más oscuros para la monarquía británica (el bullado romance entre el rey Eduardo VIII con Wallis Simpson), el filme favorito de la próxima entrega de los Oscar es una obra que huele más a fórmula que a cine.

En el filme, ya sea en forma consciente o inconsciente, todo está cuidadosamente orquestado. Cada escena está filmada con excesiva pulcritud, en especial aquella en que el rey Jorge VI se enfrenta a su gran prueba ante toda una nación que anhela escuchar sus palabras. Reconozco que me conmoví con la secuencia final del filme a la que se le sumó el acompañamiento musical de la séptima sinfonía de Beethoven, pero cuando me quedé frente a los créditos finales también pensé en lo manipulador de dicho cierre. Por eso, creo que “El Discurso del Rey” más que un ejemplo de cinematografía corresponde a una estrategia audiovisual para las grandes masas, quizás para las mismas que consideraron sublimes películas como “Chicago”, “Shakespeare in Love”, “Una Mente Brillante” y “Crash”.

Tampoco quiero ser injusto. Esta es una película que vale la pena ver y que seguramente agradará a muchos amantes del cine. Es una obra entretenida y muy bien interpretada (más que justa la nominación de Colin Firth al Oscar como mejor actor). Tom Hopper, el director, reúne un casting de ensueño y demuestra su gran capacidad para retratar historias de época (la miniserie John Adams). Sin embargo, me gusta creer que uno va al cine por aquellas obras que permanecen en la memoria, incluso aún después de haber abandonado la sala de cine. A mí, lamentablemente, no me sucedió.

Título original: The King´s Speech / Director: Tom Hooper / Intérpretes: Colin Firth, Helena Bonham Carter, Geoffrey Rush, Guy Pearce, Michael Gambon, Jennifer Ehle y Derek Jacobi / Año: 2010.

Sunday, February 13, 2011

Temple de Acero

El “Temple de Acero” de Henry Hathaway respira y se siente a John Wayne. Es un buen filme con excelentes secuencias, si bien se debe tomar en cuenta como una obra para el lucimiento de una de las leyendas más imperecederas del cine. Nadie duda del valor de Wayne y de su rol clave para el desarrollo del western norteamericano (su colaboración con John Ford). Wayne era un actor que tenía una gran presencia en pantalla y junto a su característica voz hoy es considerado como uno de los íconos del patrimonio cinematográfico mundial. Sin embargo, también fue uno de los símbolos del patriotismo estadounidense y de los valores políticamente correctos (siempre bajo la influencia del conservadurismo del partido republicano). Esas características están presentes en su caracterización de Rooster Cogburn, las que probablemente han envejecido prematuramente el “Temple de Acero” del siempre solvente Hathaway.

Es difícil apreciar en su justa medida la versión de 1969, cuya mejor definición podría ser entretenimiento puro. Es un filme más blanco y distante si lo comparamos con los western crepusculares de Anthony Mann (Winchester 73, El Hombre de Laramie), quien se atrevió a explorar un poco más en la dualidad entre los grises del ser humano.

El “Temple de Acero” de los hermanos Coen está más cerca de las preocupaciones de Mann que de la nobleza de la versión de Wayne. Los Coen fueron más lejos, ya que tomaron la novela homónima en la que se basa el filme para transformarlo en la nueva visión de una cruda y vengativa historia que sucede entre pecadores y justicieros en distintos grados. Lo anterior no es casualidad, ya que dicha connotación representa las motivaciones de casi toda la filmografía de los creadores de “El Hombre que Nunca Estuvo”.

Joel y Ethan Coen han logrado en muchas oportunidades revitalizar el cine contemporáneo por medio de relatos que se identifican con el humor negro y el suspenso, y en donde sus personajes suelen estar sujetos casi siempre a un destino trágico. Los hombres y mujeres de los filmes de los Coen suelen pagar sus faltas. No hay malos o buenos, sino la ambivalencia entre ambiciones, egoísmos y venganzas. Su versión de “Temple de Acero” sitúa dichos elementos en el viejo oeste, en polvorientos pueblos que cobijan la mezquindad de justicieros y en páramos que esconden a ladrones de poca monta. Esta es la historia de una venganza en manos de una obstinada y madura joven que busca al asesino de su padre. Para llevar a cabo dicha misión contrata a Rooster Cogburn, un alcoholizado U.S. Marshall a quien se suma un orgulloso texas ranger.

“Temple de Acero” es un filme sobre la aniquilación sin límites morales. Es la justicia ciega sin predicamentos, tan pueril como inclemente en la tosquedad de un terreno incivilizado en donde quien desenfunda más rápido es el ganador indiscutido. Jeff Bridges proporciona a su Rooster Cogburn la simplicidad del hombre de ley que ha llevado a la tumba a innumerables forajidos, pero también representa la complejidad de quien ha bailado con el Diablo y con Dios, y de quien también ha sido protagonista del salvajismo del ser humano.

En el último filme de los hermanos Coen todos pagan su deuda, incluso quienes disfrazan la venganza de justicia. Esta es una cinta que podría considerarse una variación, aunque lejana, de “Fargo” y de “Sin Lugar para los Débiles”. Estamos ante uno de los mejores estrenos del año con un Jeff Bridges en su peak como actor junto a un Matt Damon que se consolida como el gran intérprete que es. A ello se suma el asombroso despliegue de talento de Hailee Steinfeld, quien con apenas 14 años sustenta el hilo conductor de un filme complejo y de muchos símbolos que nos demuestra que el western aún tiene unas cuantas cabalgatas y disparos que dar. "Temple de Acero" es, sin duda, la película menos oscarizable de la temporada (superior a la sobrevalorada Red Social de Fincher), pero la que más merece, y por lejos, el Oscar a la Mejor Película de 2010. ¡Ojala que la Academia no se equivoque esta vez!

Título original: "True Grit" / Director: Joel y Ethan Coen / Intérpretes: Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Hailee Steinfeld y Barry Pepper / Año: 2010.

Sunday, February 06, 2011

“The Office”

El debut de Michael Scott en “The Office”, el 24 de marzo de 2005, podría ser considerado como la arremetida del submundo de las oficinas corporativas en la televisión occidental. Sin restarle importancia a la versión original del inglés Ricky Gervais -quien también es productor ejecutivo de la edición estadounidense-, “The Office U.S.” ha conseguido captar la esencia del trabajo diario que se experimenta en una oficina. Obviamente todo este universo de cubículos y reuniones innecesarias está retratado en tono de comedia, si bien deja entrever unas cuantas verdades que suelen experimentar millones de trabajadores en todo el mundo.

En cada capítulo de esta serie somos testigos, en formato docureality, del día a día de los trabajadores de la compañía papelera Dunder Mifflin, específicamente de la sucursal de Scranton. Sin duda, uno de los aspectos notables de esta serie está en sus protagonistas. Algunos de ellos son más caricaturescos que otros, si bien todos representan arquetipos que son propios de las oficinas de cualquier rubro.

En alguna medida, todos nos hemos topado en nuestras oficinas con compañeros de trabajo incompetentes y que pierden el tiempo en constantes nimiedades. También nos ha tocado enfrentar situaciones absurdas e incómodas con clientes y que de una u otra forma provienen de la ausencia de criterio y sentido común. “The Office” aglutina todas estas situaciones y experiencias, y de pasada se hace cargo del sin sentido que puede prevalecer en un lugar de trabajo.

Michael Scott puede ser considerado el tipo con menos criterio del planeta, cuyos comportamientos se sustentan en su inseguridad, egolatría y búsqueda constante de aceptación. Pero a pesar de sus faltas, uno no puede quedar ajeno a cierta sabiduría inconsciente detrás de sus actos. No siempre sucede, pero quien observa con detención la serie podrá apreciar que las acciones de Michael Scott y de sus empleados pueden servir de ejemplo para cualquier taller de habilidades comunicacionales o de crisis corporativa (más para ejemplos malos que buenos). Cada capítulo de “The Office” se basa en situaciones exageradas, pero que igualmente son totalmente verosímiles.

Cuando veo “The Office” me es imposible no asociarla a personas que he conocido en mi trabajo o bien a situaciones que me ha tocado enfrentar en mi vida laboral, ya sea con mis compañeros o clientes. Por ejemplo, una vez me ascendieron al mismo cargo dos veces (situación incomprensible e hilarante) y en otra ocasión tuve una jefa que decía que Los Simpson eran la encarnación del mal. Por estas razones o coincidencias entre ficción y realidad, considero que “The Office” es una de las series a las que más le tengo cariño porque es demasiado cercana y real. Dunder Mifflin podrá ser un caos, un cóctel de infinitas carcajadas y momentos embarazos, pero a quién no le gustaría trabajar en un lugar así de loco y divertido durante unas semanas. Michael Scott es irresponsable y poco acertado en sus decisiones, pero finalmente es el líder de una oficina repleta de personajes entrañables.

Nunca me había reído u obsesionado tanto con una serie. Los capítulos están muy bien escritos y resueltos, y cuando te enfrentas a la experiencia de ver una temporada completa, lo único que deseas es seguir viendo las aventuras de Michael y compañía. A lo anterior se suma la cualidad del docureality, que aunque en este caso sea simulado logra incrementar la complicidad entre los protagonistas de la serie y el espectador.

Cómo no dejar de reír con las excentricidades de Dwight, la turbiedad de Creed, los arrebatos de Michael, la ira de Andy o la rigidez de Angela. Tampoco podemos quedar ajenos a la relación entre Pam y Jim, quienes han cimentado uno de los romances, y en esto coincido con otros fanáticos de la serie, más auténticos de la televisión por cable (legendario es el capítulo del matrimonio).

Cuando pienso en “The Office” recuerdo al instante cada uno de sus capítulos. El simulacro de incendio de Dwight, los premios dundies, la quiebra de Dunder Mifflin, el fugaz éxito de Ryan, la partida y retorno de Toby Flenderson, el día en que Michael atropella a Meredith y tantos otros momentos que con sólo recordarlos me producen una gigante sonrisa en el rostro.

“The Office” es un evento social que hoy ya tiene su sitial en la cultura pop. Vale la pena ver esta serie por sus infinitas cualidades, entre ellas, el notable trabajo de Steve Carrell como Michael. A título personal considero que esta es la mejor serie cómica que he visto en años y uno de los grandes aciertos de la televisión estadounidense. Quien vea un capítulo de “The Office”, estoy seguro, no quedará ajeno a esta espectacular y absurda experiencia.

Título: The Office / Intérpretes: Steve Carrell, Rainn Wilson, John Krasinski, Jenna Fischer, B.J. Novak, Leslie David Baker, Brian Baumgartner, Angela Kinsey, Phillys Smith, Kate Flannery, Mindy Kaling, Creed Bratton, Oscar Nuñez, Paul Lieberstein, Ed Helms, Carig Robinson, Melora Hardin, Amy Ryan y Ellie Kemper. / Temporadas: 1-2-3-4-5-6-7 / Estudio: NBC – Universal.