Saturday, January 28, 2006

"Broken Flowers"


Bill Murray se ha consagrado como uno de los actores favoritos del cine independiente norteamericano. En los últimos cinco años ha trabajado con Sofía Coppola (“Perdidos en Tokio”), Wes Anderson (“Rushmore”, “Los Excéntricos Tenenbaums” y “Vida Acuática”) y Jim Jarmusch (“Coffee and Cigarettes”). Ahora se repite el plato con el director de “Dead Man”. Su nueva colaboración, “Broken Flowers”, fue catalogada como una de la mejores cintas de 2005, si bien fue ignorada en la entrega de los Globos de Oro, entre otras premiaciones. Sin embargo, dicho detalle es menor, sobre todo al tener en cuenta que Murray supo escapar de la etiqueta de actor de comedias. Su caso, en cierta forma similar al de Tom Hanks, no es casual, debido a que el protagonista de “El Día de la Marmota” (1993) consiguió demostrar una arista interpretativa más cercana al drama. Sus dotes actorales se apoyan en su sugestiva expresión facial, la que entrega a sus personajes un sentido trágico-cómico. Los ojos de Murray logran llenar la pantalla con la tristeza y la melancolía en manos de un buen actor de carácter (una de las películas que aventuraba esta faceta fue la desapercibida y estupenda "The Razor's Edge" de 1984). Sus últimos papeles tienen en común el hecho de representar a hombres maduros, en plena crisis existencial, cuya principal característica está en ver al mundo y a sus habitantes como algo ajeno.
“Broken Flowers” es uno de los proyectos más intimistas y “silenciosos” de Jim Jarmusch. Murray personifica a Don Johnston, un don juan cincuentón, millonario y soltero, que en el ocaso de su vida visita a algunas de sus antiguas novias. Estamos ante un road movie en que Johnston, después de recibir una misteriosa carta, busca indicios sobre la posible existencia de un hijo suyo. Jarmusch construye una cinta crepuscular, donde los pequeños detalles son parte esencial del metraje. La cinta está impregnada de momentos íntimos gracias a la utilización de los espacios comunes -la carretera, los suburbios y pequeños pueblos rurales-, los que están sustentados por la utilización de encuadres sobre el rostro de Murray. También se puede apreciar la predilección del director de “El Camino del Samurai” por la economía en los diálogos, ya que las estrellas de sus filmes suelen comunicarse con las acciones y las actitudes en respuesta a situaciones embarazosas. Para Jarmusch el silencio es primordial. No cansa al espectador con eternas explicaciones, ya que su filmografía se sustenta en la comunicación de los estados anímicos. Estamos ante un cineasta que no tiene nada que envidiar a los directores europeos. Quizá Jarmusch es uno de los cineastas norteamericanos más puristas y experimentales de las últimas dos décadas (el otro es John Sayles), ya que tiene la habilidad de transmitir la fragilidad, agonía y miedos del hombre.
“Broken Flowers” no entrega soluciones redentorias ni grandes moralejas. Sólo desnuda la inconmensurabilidad tanto de la rutina como del tedio, demostrando que la vida, para muchas personas, se acerca más a un eterno padecimiento existencial. Johnston carga con el peso de ser un sujeto solitario que duda si vale la pena cambiar, sobre todo al reencontrarse con las mujeres de su pasado. Probablemente Jarmusch y Murray nos quieren decir que a veces es mejor ser tal cual somos.
Título: “Broken Flowers” / Año: 2005 / Director: Jim Jarmusch / Intérpretes: Bill Murray, Jeffrey Wright, Sharon Stone, Frances Conroy, Jessica Lange, Tilda Swinton y Julie Delpy.

Thursday, January 19, 2006

Caballero del Cine

Frank Capra fue uno de los directores que mejor supo plasmar en el celuloide los valores y el patriotismo de la sociedad norteamericana. Su filmografía se enmarca dentro del acérrimo espíritu cívico destinado a denunciar la corruptibilidad a manos de las cúpulas de poder. El universo capriano está caracterizado por los extremos. Hay protagonistas bonachones e inocentes, quienes son presa fácil tanto del sistema gubernamental como del empresarial. Estos tratan de subsistir en una sociedad plagada de “lobos” que acechan y que persiguen doblegar la voluntad de sus víctimas. Esta característica nos permite comprender la fijación de Capra por mostrar historias en que los principales perjudicados son hombres y mujeres de provincia, los que simbolizan el último bastión de rectitud y moralidad. Incluso, Capra fue más lejos al mostrar, en las décadas del `30 y del `40, el rumbo errado que siguieron los poderes fácticos, a la vez que la prensa aparecía como un medio al servicio de los más poderosos. El realizador de “Caballero Sin Espada” (1939) fue un pionero en el denominado “cine social” de la época dorada de Hollywood, aspecto que permitió un estilo cinematográfico más crítico, por tanto más analítico para los espectadores.
Hablar de Capra significa profundizar en los espacios recónditos de la psiquis patriotera estadounidense, pero la que corresponde a los discursos enaltecedores de los tiempos del presidente Lincon. El cineasta denunció la pérdida de los valores que sirvieron como base para la edificación de la nación norteamericana. Sus protagonistas asumen la voz y el clamor del pueblo, cuya honra suele ser su única defensa.
Pero en la filmografía de Capra también hay espacio para otros ámbitos como la familia. Basta recordar la apología sobre la navidad que realizó en “¡Que Bello es Vivir!” (1946). En este filme el realizador de “Horizontes Perdidos” (1937) retomó la idea del núcleo familiar que se contrapone a la búsqueda desmesurada y egoísta del éxito. Son los sueños y anhelos de un hombre (James Stewart) que persiguen la idea de triunfo simbolizado en viajes, dinero y fama, si bien esto es sólo un espejismo y una invención intempestiva que se resguarda en los rascacielos de las grandes metrópolis. En cambio, Capra nos enseñó qué es lo verdaderamente importante: las relaciones humanas marcadas por la confianza y la ayuda desinteresada hacia el prójimo.
El estilo capriano siempre caracterizaba a las fuerzas antagónicas como personas obesas, arrugadas y decrépitas. A su vez, los héroes solían ser sujetos delgados y pobres. Esta esquematización, aunque un poco caricaturesca, simbolizaba la disparidad entre buenos y malos. La ruindad era mucho más abundante, mientras que la inocencia apenas se podía ver detrás de algunos ojos.
A nivel visual, el realizador de “Sucedió una Noche” (1934) privilegiaba los planos generales y los contrapicados. La finalidad estaba en situar al publico ante las relaciones jerarquizadas del poder. Estas marcaban la suerte de los discursos de los protagonistas. Sin embargo, persiste una visión a veces demasiado idealista en las obras de Capra. El bien siempre triunfaba, situación que para los espectadores de hoy puede resultar una total quimera. Cuesta creer que Capra mantuviera esta visión en casi en toda su filmografía, más aún cuando presenció los horrores de la Segunda Guerra Mundial durante su estadía en Europa al servicio del ejército norteamericano (en este periodo dirigió algunos de los más relevantes documentales sobre la WWII). A pesar de este detalle, el cine del director de “Mr. Deeds Goes to Town” (1936) ha logrado sobrevivir el paso del tiempo, debido a su idealismo, transparencia y valor autoral.
Basta con ver la escena en que James Stewart -famoso por sus caracterizaciones de hombres íntegros y actor fetiche del realizador- habla sobre la justicia y los valores que fundaron la historia estadounidense ante el congreso, en Washington. Aquí se puede ver el sufrimiento, la valentía y la voluntad por ser noble, o sea, las mismas cualidades que Capra defendió, con mucha habilidad y cariño, en toda su vida.

Monday, January 16, 2006

El Guerrero del Camino

Para los norteamericanos la figura de Snake Plisken era el antihéroe narcisista por excelencia. El personaje popularizado por el director John Carpenter y el actor Kurt Russell, en la cinta “Escape de Nueva York” (1981), representaba al hombre anarquista, cuyo actuar desenfadado simbolizaba su desilusión y rabia contra el sistema político occidental. Pero antes de Snake, en 1979, otro antihéroe surgía desde los áridos paisajes del desierto australiano: “Mad” Max Rockatansky. Éste creación deudora del comic, encarnado por la en ese entonces promesa del cine Mel Gibson, personificaba la imagen del policía rudo, silencioso y dispuesto a seguir a quienes infringieran la ley hasta el mismísimo infierno. Su debut fue en el filme homónimo a cargo de George Miller, quien con poco dinero, pero mucha inventiva consolidó a “Mad Max” como una de las películas independientes que más dinero ha recaudado a fines de los setenta y principio de los ochenta. El éxito fue inmediato. Miles de fanáticos acudían al cine para ver las espectaculares persecuciones a través de las carreteras del país oceánico, donde la pantalla expelía sangre y mucha violencia.
El frenesí por “Mad Max” permitió la realización de una trilogía, la que se extendió hasta el año 1985. La primera parte de la saga correspondía a la historia de un policía que debía luchar contra una banda de motociclistas, cuyo líder y seguidores liquidaban a su esposa y amigos. Miller ambientó la historia en un mundo pre-apocalíptico, donde la ley apenas era el resabio de épocas pasadas. También otorgó a la trama influencias del western, donde destacan las amplias panorámicas del desierto australiano y un sentido de la justicia más cercano a “El Vengador Anónimo” que a “12 Hombres en Pugna”.
Lo más plausible del primer filme, aparte de la sugestiva presentación de “Mad” Max Rockatansky -que recuerda un poco a los créditos iniciales de Patton de Franklin J. Schaffner-, es aquella sensación de decadencia que auguraba los días finales de la sociedad. Pareciera ser que todo estaba a punto de venirse a bajo. Miller supo aprovechar la ruindad de los parajes australianos, consiguiendo transmitir cierta atmósfera de paranoia en sus personajes. Con “Mad Max” se presenta el último bastión de la ley, de la cual depende la casi inexistente seguridad de los ciudadanos.
Dos años más tarde, Miller, con más dinero y recursos pirotécnicos, filmó la mejor parte de la saga: “Mad Max, El Guerrero del Camino” (1981). Después de un terrorífico prólogo, donde se explica el armagedón nuclear y la crisis mundial originada por la falta de petróleo, Mad Max vuelve a la pantalla, pero como un hombre que huye de su pasado, agobiado por la culpa de no haber podido salvar a su mujer y atormentado por los recuerdos del otrora “mundo civilizado”. Max es el errante viajero, que vagabundea sin orientación y destino. Sólo pretende continuar su viaje de autodestrucción hasta que se encuentra con la oportunidad de redimirse al ayudar a un grupo de hombres y mujeres, quienes son atacados por una banda de “forajidos” desesperados por un poco de gasolina. Aquí se puede apreciar una importante trasgresión estilística, ya que Miller suele caracterizar a sus antagonistas con influencias de la iconografía punk y trash. “El Guerrero del Camino” es el episodio que mejor permite apreciar el sentido fatalista y casi shakespereano de la saga, a la vez que es un estudio sobre la moral en contraposición a la bestialidad y el comportamiento primitivo del ser humano.
Finalmente, con Mel Gibson ya instalado en Hollywood y con mucho dinero a su favor, George Miller estrenó y coodirigió junto a George Ogilvie en 1985 “Mad Mad: Más allá de la Cúpula de Trueno” (Mad Max 3: Thunderdome). Esta es probablemente la más débil contribución a la trilogía. Lo curioso es que en esta producción habían muchos más recursos gracias al auspicio de Warner Brothers. Además, estaba la épica música incidental a cargo del compositor de "Lawrence de Arabia", Maurice Jarre (inferior a la compuesta por Brian May en Mad Max 1 y 2), y la participación de la cantante Tina Turner, quien compuso hits radiales sobre la cinta. Todo hacia pensar que la tercera parte iba a dar término a las aventuras de Mad Max con bombos y platillos, pero no fue así. El filme fracasó en forma estrepitosa, aspecto acentuado por el fallecimiento de uno de los productores de la cinta -Byron Kennedy-, quien era amigo cercano de Miller. Su fallecimiento se produjo durante un viaje en helicóptero cuando buscaba posibles locaciones para la película. “Más Allá de la Cúpula de Trueno” se olvida de la violencia y el ambiente edificado en los filmes predecesores. En vez de eso, se la juega más por el humor y Mad Max queda en segundo plano, debido a sus niños-coprotagonistas. Incluso, a nivel de ritmo narrativo, la película tropieza en varias escenas, haciendo del filme una experiencia algo aburrida y tediosa.
Hoy “Mad Max” ha recobrado fama. Cientos de cinéfilos esperan una nueva entrega, la que también estaría bajo la batuta de George Miller. Quizá esta cuarta parte, titulada provisoriamente “Mad Max 4, Fury Road”, sea la oportunidad para devolver a su director el sitial que le corresponde dentro de la industria cinematográfica. Miller nunca pudo realizar muchas películas, si bien dirigió la comedia negra “Las Brujas de Eastwick” y el mejor segmento de la “La Dimensión Desconocida, la película”. Sólo falta que Mel Gibson acepte el papel que lo hizo famoso mucho antes de “Arma Mortal” o de sus “ruidosas” incursiones como director. “Mad Max” aún espera una cuarta revancha desde la desolada y candente carretera.
Título: "Mad Max" ("Mad Max") / Director: George Miller / Año: 1979 / Intérpretes: Mel Gibson, Joanne Samuel, Hugh Keays-Byrne y Steve Bisley.

Saturday, January 14, 2006

El Hombre que Amaba a las Mujeres


Francois Truffaut sabía introducir al espectador bajo la epidermis de cada uno de los personajes de sus filmes. Era un director dotado de un exquisita sensibilidad, la que le permitió situar su filmografía tanto en la comedia como en el drama. El realizador de “Jules y Jim”, al igual que todos sus compañeros exponentes de la Nouvelle Vague, tenía la habilidad de comunicar el lado extraordinario de los espacios y situaciones comunes. Las escenas de sus películas, que toman prestadas elementos del cine documental, eran parte de un gran mosaico. Basta con ver una pequeña escena para reconocer a Hitchcock, Leone o Peckinpah. En cambio, a Truffaut se le debe analizar y observar a partir de un conjunto. Viendo la totalidad, desde la primera escena hasta los créditos finales, se pueden descubrir pequeños detalles y simbolismos que hacían grandes a sus cintas. Podríamos decir que su técnica se apoya en la facultad de llevar al espectador a un plano cognoscitivo de la acción, donde asume un rol esencial de la trama y se siente parte de ella. Truffaut interpela la atención del público y lo hace cómplice de las caracterizaciones de sus películas. Pero no estamos hablando de un voyeur que mira sólo amparado en el simple goce de ver lo que le sucede a los demás, esperando como respuesta una cuota de terror o suspenso. El director de “El Último Metro” consigue indagar en los sentimientos del público, logrando que éste utilice su interioridad como un puente unificador con la filmografía del cineasta francés.
“El Hombre que Amaba a las Mujeres” es una comedia que colinda con el drama de un mujeriego obsesionado por la belleza y la complejidad femenina. Bertrand Morane (Charles Denner) es un hombre que vive para las mujeres. Sin embargo, detrás del frenesí sexual se encuentra un solterón incapaz de profundizar en lazos afectivos, si bien asume un rol paternal con cada uno de sus romances. Truffaut renuncia a la imagen del conquistador que Marcello Mastroianni popularizó en el cine de los sesenta. En vez de recurrir al cliché clásico del Don Juan, el autor de “Los 400 golpes” opta por construir la historia de un sujeto enamorado del brillo que reluce en los ojos y en las piernas del género femenino. Pero Morane también representa una suerte de figura infantil, encapsulada en el cuerpo de un cuarentón, cuya mirada lacónica busca la aprobación y atención originada en los recuerdos una madre ausente.
La superficialidad aparente de Morane, que con mucha habilidad representa Denner, se desarma estrepitosamente ante el proceso creativo del escritor. Morane comienza a escribir sus andanzas. Dicho proceso resulta ser el aspecto más complejo del filme, ya que Truffaut reanuda las aristas del proceso creativo, que profundizó en su célebre “La Noche Americana”. Morane, quien es un lector empedernido, se enfrenta, por primera vez, a sus conquistas, pero ahora desde la perspectiva de quien redacta una novela semibiográfica. Quizá en este punto radica su finalidad y propósito en la vida. Su libro pasa a ser el testimonio de su paso por este mundo, lo que deja al espectador con una sensación bastante amarga de la vida. Pareciera ser que Truffaut nos dice que hay muchas vidas y que la mayoría son extraordinarias dentro de su insignificancia. Lo único que las hace diferentes y perdurables, inmunes al olvido de los recuerdos, es un libro o, en el caso del cineasta francés, una gran película.
Título: “El Hombre que Amaba a las Mujeres” (L`Homme qui aimait les femmes) / Año: 1977 / Director: Francois Truffaut / Intérpretes: Charles Denner y Brigitte Fossey.