
Se puede llegar al final de la vida sintiendo un vacío extremo, donde toda la existencia terrenal termina por convertirse en la nada misma. La idea de que un hombre asuma su paso por este mundo como algo insignificante es de por sí un drama shakesperiano. “Saraband” simboliza la etapa crepuscularia de su director, Ingmar Bergman. El octogenario cineasta retoma la cámara para retratar la reunión entre un profesor universitario jubilado, Johan (Erland Josephson), y su ex-esposa Marianne (Liv Ullman). Pero más allá de la historia, de los encuentros y desencuentros, “Saraband” es una confesión. Cada una de sus escenas son pequeños cuadros, retratos y pensamientos de la vida del realizador de “Fresas Salvajes”. Estos corresponden a la visión del hombre introvertido, abandonado en el camino de la soledad y del sarcásmo, cuya principal jactancia es el orgullo de haber perdido, para siempre, las ganas de amar y de ser amado.
“Saraband” podría explicar muchas de las preguntas que giran en torno a Bergman. Hay demasiada autobiografía en esta cinta, partiendo por la idea del autoexilio que el cineasta mantiene actualmente en la famosa Isla del Faro. Aquí está la primera similitud con el filme, debido a que el protagonista, Johan, también decidió aislarse del mundo. La mirada cínica acerca de la vida esconde la fatalidad y acaba por consumir cualquier atisbo de humanidad. El hombre muere al despojarse de la esperanza y su último suspiro comienza al pensar en su ocaso. Sentarse a esperar la muerte resulta incómodo, pero en quienes observan el sol con desdén y resignación puede llegar a ser la única alternativa. “Saraband” tampoco intenta ser redentora. No hay cambios o grandilocuentes frases heroicas, sino sólo la aceptación de un sentir inapelable que colinda con la arrogancia sin culpas. Dicha crudeza está en mostrar que hay cosas, situaciones y personas que no cambian. La vida es dura y los finales, en su mayoría, no son felices. En vez de eso, abunda la amargura. La negatividad es parte de nuestra existencia. Los seres humanos sufrimos y también, más de lo que creemos, provocamos desconsuelo a los demás. Incluso, odiamos con toda el alma, aún si nos quedan pocos días o minutos de vida. La terquedad nos impide ver detrás del manto negro del desprecio y “Saraband” abarca la cara menos amable tanto de las debilidades como de los errores del hombre.
El filme también trata el tema de la paternidad y de las obligaciones olvidadas para con los hijos, los que corren el riesgo de terminar igual de desdichados que sus padres. Una vez más el tópico del egoísmo, que
Bergman ha tratado de distintas formas a lo largo de su filmografía, se hace patente. El director de “Persona” vuelve a la idea de la embriagadora sed de amor y de control de parte del ser humano, cuya incesante búsqueda particular de emociones acaba por destruir los sentimientos y las ilusiones de sus pares. El universo bergmaniano es tremendamente silencioso, pero este mutismo es el que consigue transmitir la voracidad y el desconsuelo de sus personajes. “Saraband” consagra el talento narrativo y visual de Bergman, a la vez que nos permite acercarnos a su, en cierta forma, oscura e insoslayable visión del mundo.
“Saraband” podría explicar muchas de las preguntas que giran en torno a Bergman. Hay demasiada autobiografía en esta cinta, partiendo por la idea del autoexilio que el cineasta mantiene actualmente en la famosa Isla del Faro. Aquí está la primera similitud con el filme, debido a que el protagonista, Johan, también decidió aislarse del mundo. La mirada cínica acerca de la vida esconde la fatalidad y acaba por consumir cualquier atisbo de humanidad. El hombre muere al despojarse de la esperanza y su último suspiro comienza al pensar en su ocaso. Sentarse a esperar la muerte resulta incómodo, pero en quienes observan el sol con desdén y resignación puede llegar a ser la única alternativa. “Saraband” tampoco intenta ser redentora. No hay cambios o grandilocuentes frases heroicas, sino sólo la aceptación de un sentir inapelable que colinda con la arrogancia sin culpas. Dicha crudeza está en mostrar que hay cosas, situaciones y personas que no cambian. La vida es dura y los finales, en su mayoría, no son felices. En vez de eso, abunda la amargura. La negatividad es parte de nuestra existencia. Los seres humanos sufrimos y también, más de lo que creemos, provocamos desconsuelo a los demás. Incluso, odiamos con toda el alma, aún si nos quedan pocos días o minutos de vida. La terquedad nos impide ver detrás del manto negro del desprecio y “Saraband” abarca la cara menos amable tanto de las debilidades como de los errores del hombre.El filme también trata el tema de la paternidad y de las obligaciones olvidadas para con los hijos, los que corren el riesgo de terminar igual de desdichados que sus padres. Una vez más el tópico del egoísmo, que
Bergman ha tratado de distintas formas a lo largo de su filmografía, se hace patente. El director de “Persona” vuelve a la idea de la embriagadora sed de amor y de control de parte del ser humano, cuya incesante búsqueda particular de emociones acaba por destruir los sentimientos y las ilusiones de sus pares. El universo bergmaniano es tremendamente silencioso, pero este mutismo es el que consigue transmitir la voracidad y el desconsuelo de sus personajes. “Saraband” consagra el talento narrativo y visual de Bergman, a la vez que nos permite acercarnos a su, en cierta forma, oscura e insoslayable visión del mundo.Título: “Saraband” / Año: 2003 / Director: Ingmar Bergman / Intérpretes: Erland Josephson, Liv Ullman, Börje Ahlstedt y Julia Dufvenius.








