¿Quién ha visto a Harvey?
En alguna etapa de nuestras vidas, sobre todo en la infancia, tuvimos algún amigo imaginario con quien vivimos aventuras en mundos de eterna fantasía. Pero qué sucedería si en plena adultez tuviésemos un amigo invisible y éste fuese nada menos que un conejo de casi dos metros de altura. Esa es la premisa de “Harvey”, uno de los filmes más emblemáticos de la década del 50´ y uno de los más famosos de James Stewart.
Para los incrédulos espectadores de hoy esta película quizá no tendría mucho impacto, pero en el año de su estreno (1950) fue un tremendo éxito tanto de crítica como de audiencia. “Harvey” es una obra representativa de la ingenuidad de una época en donde la cortesía, las buenas intenciones y la clase trabajadora eran algunos de los sustentos básicos de la sociedad norteamericana y, en cierta medida, de la idiosincrasia occidental. Dichos elementos no podían estar mejor encarnados en la figura de Stewart, quien obtuvo la reputación de haber sido uno de los actores más queridos de la comunidad cinematográfica mundial y de Hollywood. Su aspecto de tipo honrado y su enorme capacidad para representar lo mejor del ser humano, a través de una innegable honestidad en cada una de sus caracterizaciones, lo convirtieron en un símbolo que ha perdurado hasta nuestros días. Basta recordar “Caballero sin Espada” (1939) y “Que Bello es Vivir” (1946) para darse cuenta de su histrionismo e influencia como fenómeno cultural.
En “Harvey” el protagonista es Elwood P. Dowd, un hombre de mediana edad y solteron, cuya máxima alegría es sentarse en un bar a tomar un trago y, sobre todo, ser un sujeto simpático y amable con todas las personas que lo rodean. La singularidad está en que Elwood siempre va acompañado de su gran amigo Harvey, quien es un conejo gigante que sólo él puede ver. James Stewart construye un personaje hilarante, lo que logra gracias a su enorme capacidad para desenvolverse con igual comodidad entre la comedia y el drama. Lo que podría haber sido un personaje caricaturesco en la piel de otro actor, Stewart lo hace creíble. Incluso, deseamos que las alucinaciones de Elwood sean reales.
Se podría decir que “Harvey” tiene algunos elementos quijotescos en su trama, debido a que la lucha entre realidad y fantasía, entre lo clínico y la locura, está representada en muchos de sus personajes, en especial en aquellos que sólo conciben la vida a través de estructuras y moldes prefabricados. Dichas características hacen de este filme una obra extremadamente deleitable, la que también da pie para algunas situaciones paranormales detrás de la esquizofrenia que supuestamente padece Elwood P. Dowd. El espectador se pregunta si Elwood tiene razón, si el conejo es verdadero y si tener este tipo de alucinaciones es algo tan malo en una sociedad cada día más incrédula y desesperanzada.
“Harvey” es una película entrañable que nos devuelve la fe en lo improbable, además de hacernos mirar hacia una época en que la ingenuidad era un valor que permitía a hombres y mujeres desahogar sus alegrías y miserias por medio de una conversación desprejuiciada. Para cualquier persona que haya visto un documental o leído una biografía sobre James Stewart se dará cuenta que él es Elwood P. Dowd, y también aquel Harvey que alguna vez todos hemos imaginado.
Título: “Harvey” / Director: Henry Koster / Año: 1950 / Basada en la obra ganadora del premio Pulitzer escrita por Mary Chase / Intérpretes: James Stewart, Josephine Hull, Charles Drake, Cecil Kellaway, Jesse White, Victoria Horne, Wallace Ford y Peggy Dow.
Los demonios de Frank Black
Millennium (1996-1999) permitió que la audiencia viera y sintiera el mal en todas sus dimensiones. La creación de Chris Carter fue una de las primeras series que se atrevieron a explorar y profundizar en la maldad humana, en sus orígenes y en su cotidianeidad. Asesinos en serie, psicópatas, cultos basados en el Apocalipsis y algunos demonios escondidos en gente común y corriente desfilaron por los capítulos de las tres temporadas de vida que tuvo la producción, la que en su tiempo fue venerada por la crítica y el público.
Chris Carter, quien se hizo mundialmente famoso por haber posicionado a Los Archivos Secretos X (1993-2002) en nuestra cultura popular, nos adentro en la frescura narrativa de Millennium. Este mundo estilizado con toques de expresionismo alemán, a veces melancólico, irónico y también opresivo no sería nada sin Frank Black. Interpretado por Lance Henriksen, Black mostró a la audiencia que una serie dramática podía estar liderada por un protagonista atípico, cuyas raíces se podían encontrar en el personaje del antihéroe del film noir o del western americano.
Gracias a Millennium, Henriksen pudo demostrar su talento y de una vez por todas quitarse el estigma del actor secundario conocido sólo por cintas como Aliens o Terminator. Por medio de Frank Black, Henriksen construyó un personaje lacónico, cuya expresividad facial demostraba la presencia del mal en el corazón de todos los hombres. Probablemente este factor fue parte de las características más perturbadoras de la serie. Ver como una mujer decide descuartizar a sus hijos o a un hombre que disfruta incinerar en un horno a sus víctimas dejó entrever que la crueldad está presente en todas partes. De todas las series que se han realizado ninguna se ha podido acercar a la brutalidad y violencia de Millennium, sobre todo al exponer las psicopatías de asesinos en serie en forma real y sin la necesidad de recurrir a caricaturas.
La principal línea argumental de Millennium era el fin del mundo, el poco tiempo que quedaba para el año 2000 y el advenimiento del Apocalipsis. Era una serie que contenía premisas más complejas, más febriles en las que se manifestaba la omnipresencia del mal. Frank Black nos demostró que aunque estemos ajenos a lo que pasa a nuestro alrededor, que aunque vivamos en nuestros pequeños castillos de marfil o estemos ensimismados en nuestra arrogancia y egoísmo, la perversidad, la locura y la putrefacción que consume nuestra voluntad se encuentra tanto afuera como adentro de nosotros. Es un evento interno que sólo espera la oportunidad para manifestarse.
Millennium sentó las bases para otros productos audiovisuales como C.S.I., Cold Case y Profiler. Sin embargo, dichas series no han sido capaces de igualar el impacto y profundidad de la creación de Carter, ya que sólo se quedan en los procedimientos, casi clínicos, de forenses e investigadores sobre los criminales.
Lamentablemente Millennium sólo duró tres temporadas. Las causas de tan corta existencia se pueden encontrar en el ambiente opaco y sombrío de los capítulos protagonizados por Frank Black, sobre todo en escenas que recreaban lo peor de nuestros temores con un cierto sentido de naturalidad detrás de la destrucción. Eran capítulos difíciles de digerir y a veces podían transformarse en experiencias tortuosas, debido a que las historias se sentían reales. Millennium llevó a la televisión a nuevos terrenos al confrontar al público con temas que sólo se veían en las salas de cine.
Carter plasmó en la pantalla chica una de las mejores series de televisión de las últimas dos décadas, lo que no es menor en un mundo audiovisual donde a veces hay mucha luminiscencia en desmedro de las sombras y de la oscuridad, ámbitos que también existen y perduran. Aunque no lo queramos todos tenemos algo de Frank Black. Podemos ver lo que él ve, sentir lo que siente y oler lo que huele. Lo que sucede es que muchas veces evitamos pensar en ello, pero la triste realidad es que el mal está ahí, siempre presente, como una fuerza inagotable de recursos y también de vida.
Sidney Lumet:
El cineasta de las preguntas difíciles
Este fin de semana descubrí dos películas de Sidney Lumet: “Equus” (1977) y “Príncipe de la Ciudad” (1981) y al verlas una vez más quedé cautivado con la habilidad técnica de Lumet y su tremenda capacidad para dirigir actores. El director de “Tarde de Perros” en casi todos sus filmes habla de la corrupción en diversos niveles y ambientes, siempre a través del quiebre de las lealtades, el abuso de los poderes fácticos y la inmoralidad como atributo insoslayable de la justicia. Probablemente dichos elementos han transformado a este cineasta en un ícono del cine estadounidense, además de un cronista de la sociedad moderna gracias a una visión crítica y satírica de un ser humano prisionero de sistemas legales, instituciones y medios casi en su totalidad imperfectos.
Cada vez que he visto algunas de las obras de Lumet me he dado cuenta de la potencia de los mensajes que suele incluir en sus películas. Me refiero a un cine que se puede clasificar en el ámbito de la denuncia y del cual es difícil que el espectador no salga trasquilado por sus emociones y escenas descarnadas. Otra
cualidad de Lumet está en que en sus filmes, incluso en sus últimos trabajos (“Find Me Gulty” y “Before the Devil Knows You´re Dead”), aún conservan el aire independiente y autoral de los 70´. El director de “Network”, como sucede con pocos cineastas, mantiene el control sobre el corte final de cada una de sus producciones.
“Equus” es una experiencia audiovisual que a pesar de haber sido filmada hace más de 30 años sigue provocando perplejidad. No es un filme fácil de ver, sobre todo al estar basado en la obra homónima de Peter Shaffer, la que para algunos especialistas es una de las piezas más difíciles del teatro inglés. La historia se centra en un obstinado psiquiatra (Richard Burton en uno de sus mejores roles) que desea descubrir los motivos de un atribulado joven (Peter Firth) después de haber dejado ciego a seis caballos. Esta es una película sobre las pasiones más primitivas del hombre y que gracias a la mezcla entre teatro y lenguaje cinematográfico alcanza la magnitud de una confesión dolorosa que destaca por su pulcritud visual.
Al otro lado de la calle se encuentra “Príncipe de la Ciudad”, una historia suburbana y a la vez un relato épico en torno a la figura de un policía (Treat Williams) cansado de la dualidad de la ley. La premisa de policías corruptos e informantes clandestinos anteriormente fue profundizada por Lumet en “Serpico”, pero en “Príncipe de la Ciudad” logra interiorizar al espectador en nuevos territorios. Esta es una de las primeras películas en mostrar a la policía como parte de un universo que tiene muchas similitudes con los estamentos del hampa, y en donde la distinción entre buenos y malos sólo se puede definir por subterfugios legales que son aceptados sin objeciones por la sociedad.
Tanto “Equus” como “Príncipe de la Ciudad” son obras que demuestran que el diálogo puede transformarse en un elemento tremendamente cinematográfico. Son relatos épicos que se desarrollan en distintas escalas, pero que tienen en común el análisis y la destrucción de la moralidad del hombre, sobre todo cuando éste se debe enfrentar a circunstancias extraordinarias.
El cine de Sidney Lumet pone sobre la mesa verdades de las que no queremos hablar o que simplemente tratamos de omitir, pero que están ahí para recordarnos nuestra endeble condición humana. En una entrevista Lumet dijo que el propósito de películas como “Príncipe de la Ciudad” está en plantear preguntas en el público, es decir, poner al descubierto distintos caminos, los que pueden ser moralmente correctos o reprobables. Gracias Dios que todavía quedan cineastas como Lumet, cuyas obras continúan interactuando con nosotros, haciéndonos preguntas que a veces es bueno tratar de contestar.
“House of Games”
La noche es el espacio común de los outsiders, quienes actúan según códigos de conducta que usualmente no calzan con el día. Deambulan, respiran y piensan sus mejores artilugios bajo la protección de las sombras y de la tenue calidez de las luces de neón. Una gran parte de la historia del cine se ha desarrollado en dicho terreno, el cual suele fascinar constantemente a los espectadores, ya que casi siempre en las calles y en las esquinas mojadas de las grandes ciudades se encuentran modos de vida que usualmente son omitidos por el establishment.
“House of Games” (1987) se centra en las reacciones de una psiquiatra (Lindsay Crouse) respecto del mundo de los bajos fondos, al que se acerca poco a poco a través de las experiencias de sus pacientes. Estamos ante una historia que habla de la iniciación, de pérdidas y, sobre todo, de algunas decepciones.
En una primera lectura podríamos decir que el filme ofrece una historia repetida y más cercana al estilo maqueteado de los telefilmes. Sin embargo, la hábil dirección de David Mamet, sumado a su talento para la construcción de diálogos, hace de “House of Games” una profunda lectura sobre el choque de realidades opuestas a través de una moralidad endeble y flexible.
Crouse interpreta a una psiquiatra esclavizada por una vida de hábitos, estructuras y reglas morales, que carecen de emociones y de relaciones interpersonales. Su único objetivo es evaluar y catalogar fenómenos humanos, Sin embargo, es en la esfera de los buscavidas, en las artimañas de estafadores de poca monta, en donde se le presentará la oportunidad de encarar algunos miedos que son ajenos a perfiles psiquiátricos y conductuales.
“House of Games” es un laberinto mental o más bien una partida de cartas que pone a prueba la atención del espectador sobre trucos, mentiras y chantajes. Mamet explora en los códigos y en la cultura de los estafadores en donde los fraudes no sólo son un método de subsistencia, sino un desafío que es necesario superar, más aún cuando se cuenta con la interpretación de un magistral Joe Mantegna.
Por lo general, el cine y los guiones de Mamet son básicamente obras de teatro llevadas al terreno de lo audiovisual. Sólo basta con recordar los duelos interpretativos de “Glengarry Glen Rose”, película que escribió Mamet para el cineasta James Foley. También tenemos que considerar que “House of Games”
comparte algunos paralelismos con otras cintas tales como After Hours” (Martin Scorsese, 1985) y “Bright Lights, Big City” (James Bridges, 1988).
“House of Games” es uno de los filmes esenciales de la década de los ochenta. Una de esas pequeñas obras cinematográficas con tufillo a independiente que sobrecoge por la energía de sus diálogos. Se caracteriza por su ambiente citadino, en especial por algunos coqueteos de su banda sonora con el jazz, además de una cierta toscocidad en la dirección de arte ejemplificada en escenarios sombríos y planos. La primera película de Mamet es un juego de víctimas y victimarios al que vale la pena apostar.